La guerra primitiva

From Sophivorus

Las guerras que emprenden tribus primitivas dispersas como los maring suscitan dudas acerca de la cordura de los estilos de vida humanos. Los motivos irracionales e inescrutables predominan en las explicaciones actuales de la guerra primitiva. Puesto que la guerra tiene consecuencias mortales para los que participan en ellas, parece presuntuoso dudar que los combatientes saben por qué están combatiendo. Pero la respuesta a nuestros enigmas de la vaca, el cerdo, las guerras o las brujas no se encuentra en la conciencia de los participantes. Los propios beligerantes rara vez captan las causas y consecuencias sistemáticas de sus batallas. Suelen explicar la guerra describiendo los sentimientos y motivaciones personales experimentadas inmediatamente antes del desencadenamiento de las hostilidades.

Guerra de los maring (explica el trabajo de Rappaport). Tan pronto como se produce una muerte, hay una tregua. Durante un día o dos, todos los guerreros permanecen en sus aldeas para realizar rituales funerarios o glorificar a sus antepasados. Pero si ambos bandos siguen igualados, pronto vuelven al terreno de combate. Cuando se produce una derrota, los vencedores no persiguen al enemigo, sino que se dedican a matar a los rezagados, incendiar las viviendas, destruir las cosechas y robar a los cerdos. Inmediatamente después de un aplastamiento, el grupo victorioso regresa a su rumbim, con lo que se inicia el período de tregua. No ocupa de un modo directo las tierras del enemigo.

Gran parte del interés se centra en la cuestión de si el combate y los ajustes territoriales entre los maring se derivan de lo que se ha llamado vagamente “presión demográfica”. Si entendemos por esta expresión la incapacidad absoluta de un grupo para satisfacer los requisitos calóricos mínimos, entonces no podemos decir que exista una presión demográfica en la región maring. Harris se opone a definir la presión demográfica como el inicio de las deficiencias nutricionales reales o el inicio real de daños irreversibles en el medio ambiente. En su opinión, la presión demográfica se produce cuando la población empieza a acercarse al punto de deficiencias calóricas o proteínicas, o cuando empieza a crecer y consumir a un ritmo que más pronto o más tarde degradará y esquilmará la capacidad del medio ambiente para mantener la vida.

El tamaño de la población en el que empiezan a producirse las diferencias nutritivas y la degradación constituye el límite superior llamado “capacidad de sustentación” del hábitat. La mayor parte de las sociedades primitivas poseen, la igual que los maring, mecanismos institucionales para restringir e invertir el crecimiento demográfico por debajo de la capacidad de sustentación, algunos autores sostienen que la presión demográfica no puede ser la causa de estas reducciones.

La guerra primitiva no es ni caprichosa ni instintiva; constituye simplemente uno de los mecanismos de interrupción que ayudan a mantener las poblaciones humanas en un estado de equilibrio ecológico con sus hábitats. Si las guerras son provocadas por instintos homicidas innatos, entonces poco es lo que cabe hacer para impedirlas. En cambio, si son provocadas por relaciones y condiciones prácticas, entonces podemos reducir la amenaza de guerra modificando estas condiciones y relaciones. Harris afirma que la guerra es un estilo de la vida ecológicamente adaptativo entre los pueblos primitivos, no que las guerras modernas sean ecológicamente adaptativas.

La guerra primitiva no alcanza sus efectos reguladores principalmente por las muertes ocurridas en el combate. Las bajas habidas no afectan de una manera sustancial al índice de crecimiento demográfico.

La razón más importante para subestimar la guerra como medio de control demográfico consiste en que en cualquier parte del mundo son los varones los beligerantes y las víctimas principales de los enfrentamientos en el campo de batalla. Por consiguiente, el significado adaptativo de la guerra de los maring no puede radicar en el efecto bruto de las muertes en combate sombre el crecimiento de la población. Al contrario, la guerra preserva el ecosistema maring mediante dos consecuencias más bien indirectas y menos conocidas. Una de ellas se relaciona con el hecho de que, a resultas de la guerra, los grupos locales se ven forzados a abandonar las áreas de los huertos de primera calidad cuando todavía no han alcanzado el techo de la capacidad de sustentación. La otra consiste en que la guerra incrementa la tasa de mortalidad infantil femenina; y así pese a la insignificancia demográfica de la mortalidad masculina en combate, la guerra actúa como regulador efectivo del crecimiento de la población regional.

La guerra obliga a las sociedades primitivas a limitar la cría de hembras al favorecer la maximización del número de varones adultos listos para el combate. Es eso lo que convierte a la guerra en un medio eficaz de controlar el crecimiento demográfico. Como saben todos los maring, los antepasados ayudan a los que más se ayudan a sí mismos, mandando al terreno de combate a muchos hombres y manteniéndolos allí; el ciclo ritual entero es un “truco” inteligente por parte de los antepasados para conseguir que los maring críen cerdos y hombres en vez de mujeres al objeto de proteger al bosque. (No utilizaban un medio de control para la natalidad porque todavía no se habían creado métodos anticonceptivos).

No es necesario invocar imaginarios instintos criminales o motivos inescrutables o caprichosos para comprender por qué los combates armados han sido tan corrientes en la historia de la humanidad. Por ello, no cabe sino esperar que ahora cuando la humanidad tiene mucho más que perder de lo que posiblemente pueda ganar con la guerra, otros medios de resolver los conflictos entre los grupos la reemplazarán.