Pensamiento político moderno

From Sophivorus

La Modernidad invierte el paradigma tradicional: las distinciones, prerrogativas y obligaciones (inevitables en toda forma de convivencia) son artificiales y secundarias respecto de la libertad y la igualdad propias del hombre en cuanto tal (previo a su pertenencia a cualquier rango dentro de un orden político).

1. Comparación de la visión clásica y la moderna

1.1. La visión clásica

Los modernos critican al paradigma clásico el haber elevado a verdad de absoluta los rasgos de su situación, en particular: (a) la politicidad natural del hombre y (b) la preeminencia organicista del todo por sobre las partes. Ambos llevan a ver las diferencias socioculturales como reflejo de un orden metafísico.

Politicidad natural:

El paradigma clásico supone (a) que la buena vida es posible sólo en la pólis, y que ésta surge gradualmente de la familia por agregación de unidades en unidades mayores; (b) que el proceso que lleva de la familia al Estado no puede ser alterado por la voluntad del hombre; las sociedades no se establecen por decisión, sino naturalmente, y las funciones y jerarquías naturales de la familia se  mantienen hasta la pólis.

Organicismo:

La salud del cuerpo social, y la realización del bien común, dependen de que cada uno de los miembros desempeñe exclusivamente la función que le es propia, sin pretender sobrepasar sus límites y condición naturales. La participación de los hombres libres es posible sobre la base de la exclusión de los no-libres: mujeres, esclavos, niños, extranjeros, trabajadores manuales. La finalidad a la que tiende el organismo social es la autarquía.

1.2. Modelo iusnaturalista

El iusnaturalismo rechaza este paradigma, y propone una nueva concepción de la racionalidad y lo natural. No existe una jerarquía natural de los hombres en la ciudad, así como no existe una jerarquía natural de las cosas en el universo.

Conocer no significa conocer la esencia y el fin de algo, sino las leyes de su movimiento. Se separa también la perfección moral de la perfección física o metafísica: se produce una secularización del saber, con lo cual (a) se desencanta la naturaleza; (b) el saber se desentiende de cuestiones morales. Con ello las cuestiones prácticas encuentran su fundamento en la voluntad libre del individuo movido por intereses personales, que decide (por conveniencia) vivir en sociedad civil, y da su consentimiento a un soberano.

Supuestos de la visión moderna:

El hombre es concebido como (a) cogito, con lo cual hace posible el conocimiento al renunciar a un conocimiento de la esencia de las cosas; (b) voluntad libre, con lo cual todo orden (teórico, moral y político) es un constructo que se asienta sobre la acción del sujeto

distinción entre ser y deber ser: hay una serie de escisiones implicadas en el sujeto moderno, vinculadas con esta dicotomía:

  • Conocimiento: persiste el dualismo sujeto-objeto, el conocimiento no llega nunca a penetrar completamente lo conocido
  • Acción: no puede haber una realización plena de los valores, con lo cual persiste el dualismo ideales-empiría; con lo cual el individuo nunca elimina esta distancia, nunca llega a identificarse con el Estado

El Yo moderno es una metonimia de la opinión pública: los criterios últimos por los cuales los hombres operan comunicativamente son cláusulas de un acuerdo tácito para la comprensión mutua y la vida en común, de manera que el Yo es simultáneamente individual y plural; el consenso es central para esta construcción, y el individuo debe someterse a estas pautas constitutivas de la experiencia teórica y práctica del hombre.

2. Notas esenciales del nuevo modelo

2.1. El problema de la obediencia

El iusnaturalismo debe fundamentar la obediencia a partir de la condición de igualdad y libertad naturales del hombre, que es titular de derechos innatos, independientemente de su pertenencia a un orden político.

No puede recurrirse a la fuerza para explicar la obediencia, por dos motivos: (a) ejercer coacción sobre un individuo supone una superioridad que es posible, por hipótesis, sólo sobre la base de una asociación previa con otros individuos; (b) las nociones de fuerza física y derecho se excluyen recíprocamente como ejes de la convivencia (Rousseau, Kant).

La respuesta del iusnaturalismo es un esquema tricotómico, cuyos elementos son (a) el estado de naturaleza; (b) el estado civil o político; (c) el contrato o pacto que permite pasar del primero al segundo. El pacto legitima el paso de la libertad a la obediencia, sobre la base una decisión individual y colectiva de convivir políticamente.

2.2. El estado de naturaleza

El ESTADO DE NATURALEZA es la condición en que se encuentra el hombre cuando no existe una instancia superior de normativización, control y pensalización de sus acciones externas. La conducta está guiada por el precepto natural y racional de preservar la vida y perpetuar la especie.

Para la preservación de la vida y de la especie el hombre cuenta con el derecho innato a usufructuar de todas las cosas, y a ser juez en cualquier cuestión que pudiera surgir en relación con otros hombres. El único criterio valorativo es su propio beneficio, y el límite principal a sus esfuerzos es la resistencia de los otros.

El estado de naturaleza es una ficción cuya finalidad es desplegar un razonamiento ético-político que busca justificar un modelo de sociedad en valores que se relacionan con la idea de libertad. Toda acción de gobierno, para ser legítima, debe proveer al fomento y protección de la racionalidad de los ciudadanos, a partir del reconocimiento de la dignidad del hombre,  y por tanto de la intangibilidad del espíritu y cuerpo humanos. En un sentido amplio, el interés personal marca el límite del poder público.

Las peculiaridades del estado de naturaleza determinan el poder que tendrá la autoridad soberana para cumplir su fin, i.e., eliminar las dificultades que había en el estado prepolítico para la convivencia. Los sujetos aceptan entrar en sociedad civil para asegurar la persecución de los propios intereses en paz y con una libertad menor (la libertad, esto es, la retención de los derechos naturales en estado civil, que es compatible con la función de frenar las conductas antisociales).

El estado de naturaleza tiene carencias irremediables en su propio dominio, lo cual exlica la necesidad de su abandono. Cuanto más negativo sea el estado de naturaleza, más “absoluto” será el poder del soberano (Hobbes). Cuanto más sociable sea el hombre natural, más limitado será el poder del soberano (Locke).

2.3. La sociedad civil

La sociedad civil marca una ruptura del determinismo natural; cuando el hombre decide entrar en sociedad, se eleva a la dignidad de ciudadano por medio de una violencia sobre los condicionantes naturales (pasiones) y sobre una racionalidad degradada a cálculo egoísta (Rousseau, Kant).

La sociedad civil es el único medio que tiene el hombre para vivir conforme a la razón. La convivencia en paz y libertad es un artificio que depende de la voluntad del hombre de desarrollar las propias capacidades bajo un árbitro neutral que dirima eventuales conflictos. Esto requiere de un sistema de pautas socializantes, normas de conducta acompañadas de un poder coactivo. La manera de instaurar este ordenamiento es por medio de un contrato.

La institución del CONTRATO es coherente con la idea de que los que entran en sociedad son sujeos privados, relativamente autosuficientes. Como contrato o pacto, implica la idea de consenso de los súbditos. El contrato consta de un pacto de asociación, que presupone la decisión individual y colectiva de aceptar unánimemente un sistma de reglas básicas de convivencia, y un pacto de sumisión, que es el acuerdo de instaurar una autoridad que especifique, por medio de un ordenamiento normativo, dichas pautas, y las garantice por medio del monopolio de la coacción.

Por medio del contrato los individuos aceptan devenir ciudadanos-súbditos, por medio de la renuncia a ciertos de sus derechos naturales, y la cesión de los mismos a un tercero, que asume la responsabilidad de desempeñarse como soberano.

La idea de un doble pacto confiere legitimidad iusfilosófica a la resistencia de los ciudadanos (sobre la base de criterios personales sobre lo justo y lo injusto) al titular del poder político. Son por lo general teorías que acentúan como valor supremo la libertad del individuo.

Otras teorías (Hobbes, Rousseau) teorizan un único pacto, poniendo el acento en la paz y equidad como valores supremos; asumen que (a) el acto de constitución de la sociedad y el poder político son el mismo, y poner en discusión al último conlleva el peligro de disolver el primero, y que (b) la constitución del poder político debe reflejar y tender a conservar la situación inicial de igualdad.

Ambas vertientes mantienen el dualismo entre valores y normas ideales (derecho natural), y normas positivas. Y esta dicotomía abre la posibilidad de desestabilizar el modelo que se aspira a poner en práctica: el planteo pactista permite recusar actos del soberano sobre la base del contrato originario.

2.4. El problema de la representación

El concepto de representación articula la sociedad y el Estado. La idea de igualdad natural y relaciones artificales de obediencia pone al sujeto en dos sistemas de obligaciones: (a) las obligaciones naturales o societales, y (b) las obligaciones estatales o autoimpuestas. Cumplir con ambos ámbitos de obligaciones es difícil en la práctica, y dada la naturalidad de las obligaciones societales, el individuo debe cumplir con éstas ante todo. De manera que las obligaciones cívicas pueden ser satisfechas por medio de terceros, a través del concepto de representación.

La representación es una mediación entre lo privado y lo público, y descansa en una decisión de los individuos, al pactar, de que un tercero desarrolle determinada práctica en lugar de ellos mismos. El representante asume la responsabilidad de ejercer la soberanía en nombre de otros, que se comprometen en obedecerle. Con ello el súbdito puede dedicarse a sus tareas naturales.

El representado puede invocar la legitimidad de su desobediencia, si el representante no cumple, según el juicio del representado, con alguna cláusula del pacto originario. Por ello el iusnaturalismo puede verse como una delimitación del poder del Estado, por precisar racionalmente sus funciones y prerrogativas.

2.5. El estado de derecho

El ESTADO DE DERECHO es la meta de la transición a partir del estado de naturaleza, operada por el contrato. Es conceptualizado como un individuo grande, y se guía por el principio de garantizar por medio de instituciones la posibilidad de beneficio personal del individuo.

El Estado de una figura ética: nace de un gesto libre de autolimitación, con vistas a crear el único ámbito en que pueden realizar su personalidad moral. Y es una figura pragmática: es el medio más adecuado para que esa persecución sea posible en seguridad para el individuo. Surge la figura del Estado como garante de la propiedad, sin limitar este concepto a lo económico (pueden ser valores comunitarios, etc.).

La soberanía es unitaria: la pluralidad de centros soberanos (con la misma capacidad de mando absoluto) obstaculizaría las funciones políticas. El órgano en que se ubica el ejercicio de la soberanía es el que está capacitado, por el pacto originario, para representar políticamente el derecho natural del individuo: el poder legislativo, del cual dependen las demás funciones (ejecutiva y judicial).

Pero el Iluminismo propone una supremacía moderada del Legislativo: se trata de dividir el poder público de manera que esté repartido en distintos ámbitos estatales que se controlen mutuamente (Montesquieu). Esto tiende a una mayor defensa de los derechos de los representados.

Hay una transición de la exigencia de un poder absoluto (iusnaturalismo barroco), bajo la exigencia de la paz, a la necesidad de desactivar o neutralizar el poder (iusnaturalismo iluminista), cuando el problema pasa a ser el grado de libertad con que cada individuo puede desarrollar sus actividades sociales (al punto que el equilibrio social no se ve como producto de la intervención de un soberano para asegurarlo, sino de la dinámica de lo económico, que requiere de la protección pero no intervención del Estado).

3. Marco histórico-cultural del iusnaturalismo

3.1. Secularización – la racionalidad barroca

La modernidad lleva a la distinción entre moral y política; se cuestiona la armonía última entre los principios de la acción humana. Frente a las luchas, se busca la pacificación en dos direcciones diferentes: (a) el establecimiento de un poder fuerte y centralizado, buscando una legitimidad racional y por tanto neutral respecto de las diferentes doctrinas y confesiones religiosas; (b) el confinamiento de los problemas morales y religiosos a la conciencia del individuo (al foro interno).

El soberano es la fuente del orden civil, y es el único titular de la responsabilidad política; al súbdito le corresponde únicamente el acatamiento externo. Su poder es absoluto, lo cual no quiere decir que pueda ser arbitrario; y puede imponer la opinión que juzgue más apropiada para el mantenimiento de la paz (aunque no decide sobre su verdad). Hay un monopolio de la espada y la hermenéutica por parte del soberano (aunque no de la verdad).

Hay una racionalidad práctica específica del Estado; se trata siempre de buscar la acción más prudente; y la actitud más prudente es el relegar las cuestiones religiosas al foro interno, y controlar las pretensiones de las corporaciones eclesiásticas. Pero la prudencia del soberano en la modernidad debe estar vaciada de contenido (no debe tender a un fin virtuoso), sino que debe ser una técnica formal para el manejo “racional” de la cosa pública.

El fin de la acción estatal no es un contenido sustantivo que se deba imponer por sobre la mayoría; se busca imponer un sistema de reglas formales que protejan a todos y permitan a cada uno perseguir lícitamente lo que considera su felicidad. El contenido es individual, la ley proporciona un marco dentro del cual conseguir lo que cada uno considera como bueno. La soberanía absoluta pacifica por medio de la imposición de un código de procedimientos neutral.

Se complementa este código con una civilización de las costumbres, impuesta de arriba hacia abajo, leyes que no son coactivas pero que domestican los comportamientos sociales. Esta codificación de las costumbres (protocolos de urbanidad, ceremonial, etc.) lleva también a frenar la exteriorización incotrolada de deseos y creencias (para controlar las pasiones más fácilmente exacerbables por el enemigo del iluminismo: las iglesias visibles y sus fanatismos).

3.2. Respeto del foro interno – crítica del Iluminismo a la racionalidad barroca

El soberano barroco tiene la obligación de proteger al súbdito en sus actividades privadas, a cambio de una renuncia de ciertos de sus derechos naturales. Y si bien hay una prohibición de exteriorizar creencias que el soberano juzga peligrosas, hay paralelamente un abandono de la pretensión del soberano de tutelar el foro interno. Esto implica que el súbdito es soberano absoluto de su conciencia y su trabajo: el Estado puede exigir obediencia, pero no virtud.

El espacio público (opinión pública, sentido común, etc.) se presenta como un espacio intermedio entre el foro interno y las instituciones de gobierno. Comienza el fin del absolutismo, desde el momento en que en el espacio público se enuncia, discuten y difunden todos los criterios para evaluar las relaciones interpersonales (incluso las acompañadas de coacción estatal). Esto hace posible el ciclo revolucionario di fines del XVIII, fruto de “conciencias esclarecidas”.

Con esto se llega a la teorización de la prioridad y autonomía funcional de la sociedad respecto del Estado, dando por resultado la sociabilidad como una situación “natural” del hombre, de paz, trabajo y mercado, previa a la instauración del soberano. En el Iluminismo, la sociedad es el lugar donde se expresan los credos y opiniones, ya no limitados al foro interno. La opinión pública se erige en juez de la racionalidad de la convivencia; la racionalidad iluminsta debe justificar esto frente a la racionalidad barroca previa.

La opinión pública se justifica por medio de la crítica: la crítica de las leyes e instituciones estatales lleva a privar de legitimidad al soberano absoluto, visto ahora como despótico, poniendo en crisis el antiguo régimen.

3.3. Dilema interno de la racionalidad barroca (absolutista)

El Estado barroco es legitimado en su oder por la función pacificadora que se requiere de él; pero una vez pacificado el reino, la administración del Estado es un problema instrumental. Una vez pacificado el reino, debe haber otra fuente del poder del Estado, que lo legitime como garante de la convivencia y de la libertad individual de los modernos.

Este segundo momento del pensamiento político moderno (el Iluminismo) se apoya en dos soportes doctrinarios:

Economía política:

La función del Estado es garantizar a los individuos el disfrute del producto de su trabajo; para lograr esto, el Estado debe abstenerse de modificar la legalidad natural de la producción y la distribución; se trata de una pescindencia del Estado en materia económica. Soberano justo es el que respeta el comportamiento no político.

Para que esto sea posible, es necesario teorizar el interés como pasión sabia, que no debe ser reprimida o rectificada desde arriba: hay una mano invisible, según la cual la armonía y bienestar del conjunto es un resultado independiente de las voluntades particulares, que se mueven por el interés privado. El soberano debe limitarse a castigar a quienes infrijan las leyes naturales que regulan las relaciones de producción y distribución.

Filosofía de la Historia:

Representa el camino de la humanidad hacia su redención por el progreso. La meta de la historia incentiva las acciones racionales y condena las despóticas (Voltaire, Kant).

Presupone la solución racionalista al problema de la teodicea: el mundo es creación divina y, por tanto, perfecto; el mal ayuda a la perfección del conjunto; el único mal creado por Dios es el metafísico (la privación), y después de eso se desentiende del mundo; luego, no es responsable de las malas acciones de los hombres, que son los únicos responsables por los males del mundo.

La historia deja de ser la expiación de un pecado, una vez que Dios no interviene ulteriormente en la historia del mundo, y puede llegar a aser el decurso progresivo hacia una realización de una convivencia virtuosa.

Hay una revalorización del mundo y una correlativa nueva forma de comprender la temporalidad de la vida humana: no se entiende como un tiempo degradado respecto de la eternidad, sino como el ámbito propio del hombre para desplegar sus potencialidades. Para corregir la marcha de la historia, es suficiente con dejar a la mano invisible de lo económico regular las relaciones societales. La historia es vista como una fenomenología de la virtud, y con ello los Iluministas tienden a dar legitimidad a la revolución.

La revolución tiene dos matices: (a) vuelta a un origen prístino, y (b) recomposición de lo auténtico en un nuevo comienzo. Las reformas revolucionarias surgen de la decisión colectiva de implantar el orden justo en una realidad corrupta, mediante la remoción de lo no-natural. Esto lleva a la necesidad de actuar en secreto para hacer posible la revolución, y formar sociedades secretas que sean organizaciones sociales autoconscientes de su capacidad para manejar el Estado.

El núcleo ideológico del iluminismo es dejar a la naturaleza libre de ataduras para que se autorregule; la política tiende de esta manera a la disolución de lo político mismo.

4. Núcleo conceptual del iusnaturalismo

4.1.

Hay un dualismo insuperable de la filosofía moderna, el dualismo sujeto-objeto, un Yo (individual y plural) que se opone a la realidad como instancia ordenadora de la misma (en el dominio del conocimiento y de la voluntad), junto con la conciencia de que nunca puede llegar a un cumplimiento acabado de sus funciones. Esta dualidad implica la dualidad sociedad-Estado, lo particular (individuos en búsqueda de su interés personal) y lo universal (la ley como forma normativa acompañada de coacción).

Ante los dualismo insuperables, los modernos proponen mediaciones que permitan superar los enfrentamientos (y evitar caer en el despotismo y la anarquía). Las respuestas tendrán como valor central la paz (exigencia de orden) o la libertad (exigencia de limitación al poder estatal), según el problema sea la guerra civil o la presión absolutista.

Según cuál sea el valor supremo, se tenderá a legitimar el soberano por su función de pacificación en tanto que soberano absoluto, o bien por la limitación del poder del soberano teniendo en mira la libertad individual como criterio rector de la acción estatal.

4.2.

La crisis de la modernidad y del contractualismo se debe en parte a su propio planteo:

(a) un creciente relativismo impulsado por la ciencia experimental, inductiva, a diferencia de la ciencia axiomática demonstrativa; este relativismo se opone a la pretensión universalista de la racionalidad moderna; se critica la a-historicidad del modelo iusnaturalista.

(b) hay una paradoja básica en el contractualismo: el pacto originario requiere de condiciones (la predisposición de los contrayentes) que, de ser satisfechas, harían el pacto innecesario; si el individuo es capaz de pactar, ya está socializado, y no necesita hacerlo.

Para que sea posible el pacto, es necesario un acuerdo previo que lo haga posible (las pautas fundamentales que dan sentido al acto de pactar); de modo que ya hay una dimensión comunitaria que es condición a priori de posibilidad del pacto mismo.

(c) Hegel: el contractualismo extrapola una categoría del derecho privado al público, porque desconoce que lo estatal es prioritario respecto de los individuos que lo componen; lo primero es entonces el marco orgánico, no los individuos que deciden.

Hay una legalidad supraindividual, que no sólo viene dada por la historia (Hegel), sino ya prefigurada en la mano invisible del mercado: la lógica del mercado desactiva los voluntarismos políticos.